martes, 21 de mayo de 2013

13 DE SEPTIEMBRE DE 1.974


Aquel viernes de septiembre el caluroso verano de Madrid no se había despedido todavía.
Elena caminaba sola por la Gran Vía, ajena a los que la rodeaban y no podía quitarse de la cabeza lo que la había traído a la capital, la consulta médica había confirmado la operación a la que pronto habría de someterse.  
 
Cuánto le hubiera gustado que su marido estuviera con ella, pero él hoy estará pensando en su padre, el cáncer se ha agravado y tiene que pasar por el quirófano. Lo que ella no sabe es que aquel día el abuelo no despertará.
Cuando abandona Gran Vía y baja por la calle Preciados, con el bullicio de los comercios se acuerda de sus hijos, es 13 de septiembre y habrán empezado el colegio después de las largas vacaciones de verano, tiene que comprarles algo sin falta antes de volver.


Llegar a la Puerta del Sol le levanta el ánimo, es un lugar lleno de vida y sus ojos se fijan en el reloj que todos lo años nos hace atragantarnos con las uvas, está sobre el edificio de la Dirección General de Seguridad, pero eso no le dice nada, ella toda su vida se ha dedicado a trabajar y a cuidar de los suyos y como muchos españoles de 1.974 vive ajena a lo que puede suceder allí dentro.
La cola de Doña Manolita, a pesar de lo que falta para Navidad, es enorme. Si más tarde se ha reducido algo, se llevará un décimo para casa.
Pero la mañana ha pasado muy rápido y ya es hora de comer. Recuerda un curioso local en el que estuvo hace tiempo con José Luis, su marido. No se comía mal, además le hizo gracia aquello de coger la bandeja y servirse ella misma.
En la esquina de la Puerta del Sol, en la Calle Mayor, junto a  la Calle del Correo localiza el restaurante Tobogán.

Una vez dentro y con su bandeja en la mano, sin demasiado apetito, va cogiendo alguna cosilla y al final paga su consumición. Luego busca un lugar cercano a las ventanas y se sienta, así podrá contemplar a la gente que pasea por la calle, mientras come no se sentirá tan sola.
Mira el reloj, son las dos y media, por eso el local está casi abarrotado.
Abstraída, abandona su mirada en alguien que cruza delante de la cristalera cuando, de repente, una extraña fuerza la desplaza de su asiento, en un momento su mesa ha desaparecido y ella está en el suelo, todo se ha llenado de polvo y el estruendo que la ha estremecido ha cesado, no oye nada.
Desorientada se arrastra por el suelo, busca su bolso e intenta distinguir algo entre la polvareda.
No sabe qué está pasando pero quiere salir de allí. Por fin alguien la coge del brazo y le ayuda a levantarse, frente a ella las cristaleras destrozadas y en el suelo mesas y escombros que apenas la dejan caminar.
Otros se han puesto de pie y buscan una salida, les sigue y por fin alcanza la calle.
El desconcierto es total, personas con el pelo gris, sucias, con una mezcla de polvo y sangre y algunas con las ropas destrozadas. Otros intentan ayudar sin saber cómo, hay un griterío que poco a poco se va mezclando con las sirenas.

Elena aquel día tuvo suerte, en aquella calle desolada sufrió un ataque de histeria pero salvó su vida. Pudo contarlo, y vio crecer a sus hijos y conoció a sus nietos, pero nunca lo olvidó.



Siempre se acordaba de la paisana de Burgos, aquella chica que murió, muy cerquita de ella mientras esperaba a que sus amigas recogieran la comida, se llamaba Maria Angeles Rey Martínez, tenía 20 años, era estudiante y había venido a Madrid a examinarse.
Junto a ella murieron aquel día otras diez personas en la Cafetería Rolando, además de unos ochenta heridos, algunos con graves mutilaciones, como Gerardo García Pérez, camarero de la cafetería que falleció 15 días después o el inspector Félix Ayuso Pinel, que sobrevivió casi dos años y medio falleciendo el día 11 de enero de 1977. Se convirtió en la víctima número trece de la masacre y el único policía muerto en el atentado.
El resto de los asesinados fueron: Antonio Alonso Palacín y María Jesús Arco Tirado, se habían casado seis días antes en Calatayud y estaban de viaje de novios; Francisca Baeza Alarcón, maestra de Valdepeñas que estaba de compras con su prima que resultó herida; Baldomero Barral Fernández y María Josefina Pérez Martínez,  matrimonio de La Coruña que dejaron 2 hijos, el mayor de tres años; Antonio Lobo Aguado de 55 años y ferroviario de profesión; Francisco Gómez Vaquero, de 31 años y cocinero de la cafetería. Su mujer, de 29 años, quedó viuda con dos niñas de 2 y 4 años; Manuel Llanos Ganzedo de 26 años, camarero de la cafetería; Luis Martínez Marín, agente comercial jubilado de 78 años; Concepción Pérez Paino tenía 65 años y trabajaba como administrativa en la sede de la Dirección General de Seguridad.

La cafetería Rolando, cuya entrada estaba situada en la Calle del Correo lindaba con el restaurante Tobogán y fue el escenario elegido para poner una bomba en sus servicios, por dos “luchadores por la libertad del pueblo vasco”, dos etarras, dos asesinos.
El sentido de aquella acción se justificaba en asestarle un golpe al agonizante régimen franquista, en un lugar simbólico, intentando cazar a criminales que trabajaban en la D.G.S, paradigma de la represión en cuyos calabozos se incomunicaba y torturaba habitualmente.

Pero lo que se consiguió con un acto anónimo y cobarde fue truncar la vida de personas inocentes y sencillas, preocupadas por sacar a los suyos adelante y que como casi todo el mundo en aquellos días vivían con la esperanza de que muy pronto todo fuera a cambiar. 
Poca sangre culpable se mezcló con los escombros aquel día, por eso la bestia moribunda de la dictadura, que se puso a buscar culpables rápidamente, pudo utilizar la acción en su favor, criminalizando a toda la oposición, y frenando cualquier medida aperturista.
Los autores de la matanza, que meses antes hacían alarde del impecable asesinato de Carrero Blanco, ahora se replegaban y negaban la evidencia.
Todo se volvió confuso e incluso corrió el rumor de que la ultraderecha era la responsable, se llegó a publicar que días antes del atentado se habían dictado normas a los funcionarios policiales para que no frecuentasen la cafetería Rolando.

El círculo se fue ampliando y de las treinta personas que fueron detenidas, parecía que hacia quien apuntaban las mayores sospechas era hacia Eva Forest, médico y escritora catalana casada con el dramaturgo Alfonso Sastre y que había militado en el PC del que se había distanciado por considerarlo poco revolucionario.
Según la abogada Lidia Falcón, otra de las detenidas aquellos días, Eva, que tenía relación con ETA desde 1971, fue la que sugirió la idea de colocar la bomba en la cafetería, cuando meses antes se estaba preparando el atentado contra Carrero Blanco y ETA pretendía dar un segundo golpe de efecto colocando otra bomba en la D.G.S. Ante la imposibilidad de introducirla en el edificio se optó por el local que frecuentaban asiduamente los miembros de las fuerzas de seguridad.
Una pareja de ETA llegó a Madrid con la carga explosiva desde Francia y la propia Eva les ocultó y más tarde les acompañó a colocar el artefacto.
Uno de los miembros de aquella pareja parece que fue Maria Lourdes Cristóbal Elorza, hija de exiliados en Francia desde 1936 que residía en Bayona. Al parecer se arrepintió cuando vio las consecuencias de la barbaridad en la que había participado.
Pero la masacre quedó impune y nadie pagó por ello. Aunque muchos detenidos pasaron meses y años en prisión, nunca fueron juzgados porque antes llegó la amnistía de 1977.
Eva Forest salió en libertad tras tres años en la cárcel y falleció a los 79 años en Fuenterrabía.
Después de aquella bomba nos esperaban muchas más, no fueron fáciles los años de la transición y la violencia siempre estuvo latente.
Los crímenes del Grapo, Frap o la ultraderecha  y las barbaridades de ETA durante décadas, los asesinatos del GAL y el indescriptible crimen del 11M por parte de terroristas islamistas, parece que atenuaron las barbaridades cometidas anteriormente. 


 
Antonio Lobo

Francisca Baeza

Francisco Gómez

María Ángeles Rey

María José Pérez Martínez

Antonio Alonso

Baldomero Barral

María Jesús Arco




Pero la verdad es que muertes como aquellas en la calle del Correo no deben caer en el olvido, porque si algo nos enseñan es lo delgada que es la línea que separa al fanatismo de la realidad y el terrible dolor que se puede producir al cruzarla.
Se lo debemos a los inocentes que murieron aquel día y a los que quedaron sufriendo en silencio sin que nadie les hiciera justicia.





Dedicado a mi madre Elena y a mi abuelo José María, que el destino quiso que se fuera aquel 13 de Septiembre.


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